miércoles, 17 de septiembre de 2008

La autonomía y el suicido asistido: Sandel

Se acaba de publicar otro libro de Michael Sandel (Marbot): Filosofía pública. Ensayos sobre moral en política. Se trata de una recopilación de artículos breves en que pone su oficio al servicio del pensamiento público, ejerciendo así su deber democrático.

Sandel suele pasar por ser un filósofo conservador en temas morales, si bien es de suponer que en los EEUU debe ser considerado un liberal. Pero el pensamiento de los buenos filósofos, y Sandel es uno, no se reduce a las tendencias políticas que se les atribuyen. Prescindiendo, así, de etiquetas es interesante leer sus consideraciones sobre el suicidio asistido (cap. 19).

En su texto Sandel discute con una recomendación escrita en 1997 por eminentes filósofos morales americanos (Rawls, Dworkin, Nagel, Nozick, Scanlon, Jarvis), para pedir al Tribunal Supremo que aceptara las decisiones de tribunales inferiores a favor del suicidio asistido. Sandel se opone argumentando que si bien apoyarse en la autonomía de las personas para estar a favor del suicidio asistido parece un argumento fuerte, se trata en realidad de un decisión discutible pues no es ajena a consideraciones morales: "El énfasis de estos filósofos en la autonomía y la libertad de elección implica que la vida es propiedad de la persona que la vive. Pero esta ética discrepa de una gran diversidad de perspectivas morales que contemplan la vida como un don del que nosotros somos custodios y que nos impone una serie de deberes" (161).

No se puede conjeturar que toda la sociedad compartirá este énfasis en la autonomía, pero está claro que tampoco comparten la concepción de la vida como un don y la de la dignidad humana como un bien inviolable en todos los casos. ¿Cuál sería el lugar de la neutralidad? Pero, ¿por qué la neutralidad? Tal vez las leyes no deban aspirar a ella. Tal vez deban también ejercer una labor pedagógica. Y si es así, ¿qué motivos hay para inclinarse a favor de la autonomía o de la vida como un don? ¿Y quién debe hacerlo? ¿Los jueces? ¿Los legisladores?

En todo caso, a favor de la autonomía habla el hecho de que el propio procedimiento democrático se sustenta en este concepto, de modo que la doctrina comprehensiva democrática (no neutra), apoya también la tesis de la autonomía. Ese es un argumento que podrían usar los expertos convocados por el gobierno español con motivo de la legislación sobre el suicidio asistido que han anunciado a través de la prensa.

Legislar las ofensas religiosas

El diario pakistaní Daily Times publica la siguiente noticia:

OIC to move UNGA against caricatures

ISLAMABAD: A resolution against the publication of blasphemous caricatures of the Holy Prophet (peace be upon him) in various countries will be presented in the upcoming session of the United Nations General Assembly (UNGA), an Organisation of Islamic Conference (OIC) representative said on Tuesday.
“The resolution will demand legislation against the publication of blasphemous caricatures of revered personalities and derogatory remarks against religions. It will also demand [sacrilegious] actions be declared a crime,” OIC Secretary General’s Special Representative on Kashmir Ezzat Kamel Mufti told a news conference.
Mufti said a particular group in America and the European Union had been launching attacks against Islam. “However, we should not get emotional and resort to any kind of violence, including suicide bombings,” he said.

Los daneses que, como Ralf Pittelkow (de quien por cierto la Fundación FAES acaba de publicar un libro), ven peligrar las libertades básicas de Occidente a manos de los verdaderos liberticidas islamistas, han puesto el grito en el cielo. El caso es preocupante, pero la dramatización y gesticulación excesivas trabajan para la xenofobia y son herramientas de la acción política inmediata.

La equiparación entre sacrilegio y crimen todavía pervive en diversos códigos civiles europeos que regulan la blasfemia. En Dinamarca tienen un artículo semejante, y en el Reino Unido también se contempla la criminalización de según qué ofensas basadas en la etnia o el grupo social del ofendido. ¿Supone esto un mensocabo de la libertad de expresión? Sólo para los que consideren que la libertad de expresión es buena en sí misma y no por el fin que persigue. Las ofensas sólo están justificadas si sirven para algo más que ofender. Lo cual se puede decir de las famosas caricaturas de Mahoma que iban destinadas y sirvieron efectivamente para suscitar un debate sobre la propia libertad de expresión y los sentimientos religiosos ofendidos. Sólo por eso, la OIC ya debería estar agradecida.

martes, 16 de septiembre de 2008

Amy Gutman, La identidad en democracia

La editorial Katz publica otro buen libro sobre el asunto de la identidad.

En la página 217 leemos lo siguiente:

"Las democracias deberían tratar a la conciencia de las personas (ya sea religiosa o secular) como merecedora de respeto, cuando ese respeto es compatible con la protección de los derechos fundamentales de los individuos".

Puede parecer una obviedad, pero no lo es, porque equipara la conciencia religiosa y la secular eliminando de este modo los privilegios exclusivos de lo religioso. Las dificultades aparecen, sin embargo, cuando unas conciencias, las religiosas sobre todo, están respaldadas por "grupos identitarios religiosos" que, como es el caso con las religiones organizadas, tienen una capacidad de interlocución mayor y a un nivel distinto que las conciencias seculares, que, por su parte, no pueden participar en el debate democrático más que siguiendo los canales abiertos para el común de los mortales.

Otra cita:

(228) "Los gobiernos democráticos deben descartar la fe como fundamento suficiente para crear leyes mutuamente vinculantes, pero la fe puede servir como complemento a razones buenas para las leyes y las políticas públicas."

Esto podría significar que cuando Sarkozy dice que la religión es importante y tiene que participar en el diálogo democrático, lo que debería querer decir es que, cuando se dispone de "razones buenas" para apoyar determinadas leyes públicas, las religiones deberían convencer a sus fieles de que deben aceptar esas leyes, y para hacerlo deberían ser capaces de formular esas razones buenas en términos religiosos que sus fieles entiendan. Lo cual significa que la religión sería, bien utilizada, una fuente de fidelidad cívica.

Sarkozy y Ratzinger

El exdirector de Le Monde presenta sin dramatismos las líneas maestras de los discursos que Sarkozy y Ratzinger se intercambiaron en el Elíseo:

“Todo un sector de la opinión pública, soliviantada por las declaraciones del presidente francés sobre el papel de la religión en la vida pública, esperaba al Papa -por así decirlo- "bastones en alto". Él mismo desactivó esta nueva polémica pidiendo simplemente para "el César lo que es del César", y se mantuvo a buena distancia de las disputas galas, insistiendo en cambio en el escándalo de la pobreza y elogiando la laicidad a la francesa.
En comparación, fue Nicolas Sarkozy quien se mostró más papista que el Papa al proclamar que sería una "locura", un "atentado contra la razón", privar a nuestras democracias del apoyo de las religiones. Sarkozy habló además de la "búsqueda de sentido", y de esperanza, con un vocabulario que habría cabido esperar del discurso del propio pontífice. Ni que decir tiene que la izquierda ha denunciado inmediatamente el cuestionamiento de otro dogma -laico esta vez-, acusando al presidente de socavar la "sacrosanta" laicidad.
En realidad es mucho ruido para pocas nueces. En el fondo, Nicolas Sarkozy habla de una "laicidad positiva" y aboga por el diálogo entre el Estado y la Iglesia en un país en el que ese diálogo existe y se desarrolla en condiciones globalmente serenas. Como siempre, Nicolas Sarkozy carga las tintas y crea expectación en torno a una idea que no cambia gran cosa, pero que él presenta como un concepto que lo cambia todo. Por supuesto, se trata de un guiño al electorado clásico de la derecha. Pero sobre todo expresa la voluntad -compartida en este caso- de abrir un espacio para un Islam de Francia -y de organizarlo-, que es la verdadera cuestión subyacente y no explícita. Ésta es la verdadera razón del intento -infructuoso- de reabrir en Francia un debate sobre la laicidad.”

De modo que, según Colombani, la laicidad positiva no está pensada para ahondar en las relaciones ya existentes entre la iglesia católica y el Estado (piénsese que la separación Estado-iglesia decretada por la ley de 1905 se ha ido adecuando a las situaciones concretas de modo que al fin lo que separa a ambas instancias no es un muro, como demandaba Thomas Jefferson sino un seto poroso), sino para incluir a los musulmanes en el diálogo para evitar lo que los agoreros y los pirómanos llaman “derivas multiculturales”, “sociedades paralelas” o guetos integristas”.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Diálogo con la jerarquía católica

En el Elíseo, hace unos días, el presidente de la República Francesa pronunció, entre otras, las siguientes palabras:

"La laïcité positive, la laïcité ouverte, c’est une invitation au dialogue, à la tolérance et au respect. Dieu sait que nos sociétés, Très Saint-Père, ont besoin de dialogue, de tolérance, de respect, de calme. Eh bien, vous donnez une chance, un souffle, une dimension supplémentaire à ce débat public".

A su derecha el Santo Padre asentía. Pero ¿qué "dimensión suplementaria" aporta el Papa al debate sobre, por ejemplo, la bioética? ¿La dimensión de un dogma milenario administrado cuidadosamente por una elite eclesiástica? ¿O la dimensión de los millones de católicos a los que Ratzinger lidera? ¿O se trata de mera cortesía?

La cuestión radica en lo que se entienda por diálogo. Si el diálogo consiste en que todos los participantes estén dispuestos a revisar sus convicciones (excepto la convicción de que deben estar dispuestos a revisar sus convicciones) frente a toda evidencia que hable en su contra, entonces mal van a dialogar los jerarcas del catolicismo. ¿No?

domingo, 14 de septiembre de 2008

¿Políticos católicos?

En la edición en papel de La Vanguardia se lee hoy el artículo semanal del cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach. Bajo el título "Tristeza ante una ley" leemos en su tercer párrafo:

"Dirijo mis palabras sobre todo a los legisladores católicos. [...] Los legisladores católicos, siguiendo los dictados de su propia conciencia, tienen un amplio ámbito de autonomía en la aplicación prudencial de las normas de su fe en la práctica política cuando se trata de temas que no tiene la gravedad de la cuestión que nos ocupa. Pero en el tema del aborto la conciencia queda gravemente comprometida en el sentido de hacer todo lo posible para que el derecho a la vida sea efectivamente reconocido en la legislación positiva de los Estados."

O sea que los políticos católicos tienen menor ámbito de maniobra que los que no son católicos. ¿Se puede dividir a los políticos entre católicos y no católicos? ¿Qué papel juega la conciencia de los políticos en su desempeño del cargo?

Podríamos responder que la conciencia no debe intervenir, pero eso sería una barbaridad, pues entonces podrían mentir y robar legítimamente. ¿Hasta dónde debe llegar la conciencia, entonces? Un principio que se podría establecer es que los dictados de la conciencia encuentran en la democracia un límite. Esto significa que cuando un legislador ve que hay una discrepancia entre su conciencia y el bien común tal y como lo define la mayoría de los legisladores, entonces debe actuar en contra de su conciencia, siempre y cuando encuentre motivos de peso para hacerlo así.

Lo que un legislador no puede decir es que sus principios le impiden buscar motivos de peso para apoyar una iniciativa legislativa concreta, y menos aún si resulta que durante el fin de semana se ha leído el artículo del cardenal y se siente, de repente, amenazado de excomunión.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Emisarios de la fe: Ratzinger y Erdogan

"La foi n'est pas politique et la politique n'est pas une religion".
Estas han sido las palabras destacadas por Libération poco después de que Benedicto XVI aterrizara en Orly.
La frase no significa nada en concreto, pero sirve para ratificar que la iglesia católica, aunque sólo sea formalmente, acata el principio de separación entre Estado e iglesia.
Salvando las distancias (expresión algo vaga con la que se pretende ocultar la más que probable demagogia de la comparación que viene a continuación), la visita del Papa recuerda en cierto modo a la de Erdogan en Alemania en febrero de este año. El jefe de gobierno turco afirmó que "la asimilación es un crimen contra la humanidad" y animó a sus compatriotas en Alemania y el resto de Europa a mantener su identidad turca (mencionó la lengua pero no la religión).
Dos jefes de Estado animando a sus fieles y a sus compatriotas respectivamente a mantener sus vínculos con otro Estado que aquel en el que viven. La asociación turca, Ditib, que dirige la construcción de la mezquita en Colonia, está financiada por el Ministerio para la religión turco. Nos encontramos así con un país supuestamente laico que contribuye al mantenimiento de la religión islámica en un país extranjero. Por otra parte, el Vaticano, otro poder extranjero, lucha por los derechos de sus fieles en todo el mundo y mantiene múltiples "embajadas" en casi todos los pueblos de Europa occidental.
Las diferencias entre ambas infiltraciones en la soberanía de los países europeos son muchas, pero la que destaca el orientalismo (cf. Said) imperante en nuestra manera de ver el mundo es que unos son cristianos y los otros musulmanes. Que unos son pacíficos y los otros terroristas. Que unos somos nosotros y los otros son, eso, otros. Ante esto hay dos alternativas: o ser tan ingenuos con el Islam como lo somos con los católicos, o temer a ambos por igual.