lunes, 11 de febrero de 2008
Occidente como estrategia
De ahí que aunque sea cierto que , como dice el Sr. Brotons, "la identidad occidental no es una tontería", sí que pueda ser utilizada como estrategia política como si nosotros fuéramos los tontos. Tampoco la "diversidad social" es una tontería, ni el respeto por las costumbres de los extranjeros, pero su alabanza como patente de corso de determinadas políticas, puede ser esgrimida para dar pátina de "progresismo" o de lo que convenga a lo que en realidad no es más que una campaña publicitaria.
Occidente es importante. Las libertades occidentales también. Y lo mismo se puede decir de la solidaridad social, así como de las culturas de los pueblos. Todo esto, sin embargo, se utiliza. Es justamente su fuerza evocativa la que es colonizada por los asesores de imagen y de opinión para iniciar debates que, si no me equivoco, sólo pretenden conseguir que cada cual pueda afinazarse mejor en sus propios prejuicios.
(Esto no obsta para que, a pesar de todo y a riesgo de ser tomados por idiotas, perseveremos en pasar el tamiz por los discursos públicos para, como buscadores de oro, sacar de vez en cuando una pepita reluciente que nos reafirme en nuestra condescendencia con el "sistema".)
jueves, 7 de febrero de 2008
Relativismo cero
La tolerancia cero es un eufemismo para no decir intolerancia. Intolerantes son los otros (algo parecido a lo que pasa con la palabra "pijo"). Nadie se considera intolerante, como mucho dirá que algo le parece intolerable, un pelo en la sopa de un restaurante de lujo, por ejemplo. En nuestro país, dado que se ha usado la expresión sobre todo para referirse a la conducción bajo el efecto del alcohol, se extendió la creencia que "tolerancia cero" significaba que sólo se toleraría una tasa de alcohol de cero. El folclore de las palabras.
Surge ahora la expresión "relativismo cero", usada por el señor Albert Rivera en un artículo sobre el barullo que han armado los políticos y la prensa a su servicio (o sea, toda la prensa) a propósito de las declaraciones de los obispos. El tono de su artículo deja clara su posición (y supongo que la del partido al que pertenece) sobre la cuestión: privatización de las religiones. La privatización, sin embargo, entendida no como regulación de las actividades públicas de los representantes religiosos o de los fieles, sino como exclusión del discurso público relevante en el proceso legislativo. Se entiende esta exclusión de forma tácita:
"Creo que los representantes públicos no deberíamos convertir estas declaraciones en el centro de la política, ya que es el mero reflejo de que España no es verdaderamente un país donde se separa la Religión del Estado".
Es curioso que escriba "religión" con mayúsculas, así como que hable de separación Religión-Estado y no Iglesia-Estado. La segunda expresión se entiende, pero ¿la primera? Es rara esta afirmación viniendo de un jurista, pues no resulta jurídicamente practicable la distinción que propone, ni que sea porque el Estado debe promover algunas formas de religión civil (lengua, patria, bandera, constitución, selección nacional, toros, paella, botijo, gracejo, raza, historia) para mantener su cohesión. Eso es lo que dicen los sociólogos (cf. Salvador Giner, Carisma y razón, Alianza).
Pero, bueno, esa no es la cuestión. Lo que interesa aquí es la expresión "relativismo cero":
"Relativismo cero con las actitudes discriminatorias que afecten a los derechos fundamentales de las personas por imposiciones religiosas, sobre todo teniendo en cuenta que algunas confesiones como la islámica defienden en su texto de referencia, el Corán, que la voluntad de un hombre vale dos veces la de una mujer."
Se podría decir algo sobre el lugar estratégico en el espectro político que pretende defender "Ciutadans" con esta afirmación, pues han descubierto que el punto oscuro de los socialistas es la tolerancia del respeto y el elogio porque sí de la diversidad. Lo dice el Papa y lo dice cualquiera que se haya enfrentado a una clase de jóvenes veinteañeros que han recibido un baño tal de relativismo cultural que se resisten, desde la ignorancia, a criticar cualquier otra cultura, porque ya se sabe, todas las culturas son respetables y vete tú a saber qué pensaríamos nosotros si hubiéramos nacido en una tribu de esas en las que hay un orden ancestral, etc. Tienen que pasar varias clases para curarse de esa enfermedad que en algunos casos es defendida con una lectura mal digerida de Foucault o de alguno de sus émulos, y la verdad es que son pocos los estudiantes que se curan, pues suelen venir curados ya a clase, dispuestos únicamente a reafirmarse en sus endebles convicciones, temerosos, como buenos españolitos, de perder su yo si alguien les demuestra que lo que pasa por sus cabezas es tan volátil como la gasolina que los transporta. Dicho sea de paso, tal vez ese arraigado miedo hispano a perder el yo cuando se pierden las convicciones sea una fuerte motivación para hacerse relativista, puesto que las convicciones pasan a ser la fuente de la identidad, ergo "tants caps, tants barrets".
El "relativismo cero" se entiende como la necesidad de afianzarse en algunos principios que nos permitan poner límites a la tolerancia, que, como es sabido, sólo tiene sentido si tiene límites, siendo la tolerancia ilimitada un concepto absurdo. No todas las formas de vida son aceptables, ni siquiera en el mundo privado. Por ello el concepto "violencia cero", aplicado a la así llamada violencia doméstica, resulta también tan adecuado, ya que supone una intervención en el, hasta hace poco, considerado espacio privado. "Relativismo cero" se propone aquí como eslogan contra la cultura del buen rollo con la que se suelen identificar las izquierdas y, aprovechando la demonización del islam que tanto nos afianza en nuestra supuesta identidad occidental y que nos une en el miedo al moro, se marcan bien claros los límites de la tolerancia que, para variar, coinciden con límites religiosos, raciales, nacionales y lingüísticos, demostrándose así que el liberalismo, cuna de la tolerancia, arrastra aún pesadamente su vinculación a contextos nacionales.
miércoles, 6 de febrero de 2008
Permisos y control
El proyecto se fundamenta en la necesidad de regular los locales en los que se llevan a cabo los cultos religiosos dada la creciente diversidad de Cataluña. Sostienen, además, los redactores de la ley que hay un vacío legal que ha creado desorientación entre las autoridades municipales así como entre los creyentes y los autóctonos. Y, claro, si hay un vacío legal hay que hacer algo por llenarlo, no vaya a ser que la gente haga lo que quiera.
No hay nada como una conjunción adversativa, sin embargo, para que se manifieste la voluntad del legislador:
"La llicència que aquesta llei estableix no té per objecte donar permís per a l’activitat religiosa en si, que és un dret fonamental, sinó garantir que l’ús del local concret per al qual s’atorga reuneix les condicions tècniques adequades al tipus d’activitat que s’hi ha de desenvolupar."
No se quiere, dicen, emular la tolerancia del permiso (Erlaubnis) que transparenta las relaciones de poder en la sociedad, esto es, que hay unos que toleran, dan permiso, y otros que son tolerados, que solicitan permisos. La sospecha está servida, de ahí que los rufianes de las ondas puedan condenar las iniciativas liberticidas del Govern.
A pesar de que es posible que algunos de los inspiradores de esta ley sean comecuras vengativos o ateos dogmáticos, lo que es seguro es que semejante proyecto tiene, sobre todo, consecuencias burocráticas y empequeñecedoras de los ciudadanos. Todos ante la ventanilla, con los papeles en la mano, esperando el placet de las autoridades. Aunque, en realidad, tampoco hay que dramatizar, pues se trata a fin de cuentas de poner salidas de emergencia, extintores e incensarios ignífugos, como en las escuelas o los hoteles. Una vez cumplidas todas las formalidades, los fieles o socios podrán finalmente postrarse ante quien más les convenga o convenza, pues este también es un país libre.
No te ofenderé. Y para que conste, firmo.
Se habla mucho, sin conocerlo, del concordato entre el gobierno de España y la Santa Sede. Los que saben dicen que no se trata de un concordato sino de diversos tratados internacionales. Vale la pena echarles una ojeada, pero el intríngulis jurídico que hay que sortear para hablar con conocimiento de causa requiere un trabajo que, quien esto escribe, por ahora aún no ha hecho. Venga esto a propósito de unas líneas en la prensa de hoy:
"Pero lo cierto es que, vulnerando de forma explícita su posición en el marco de los acuerdos jurídicos con el Estado español, han abandonado [los obispos] su condición de parte institucional para expresarse como beligerantes ciudadanos implicados hasta el cuello de la sotana en la contienda electoral. La trampa es muy burda. Conservan intacta su condición de parte contratante de un Tratado Internacional y al mismo tiempo se disfrazan de su condición de españoles para disparar contra los programas de determinados partidos políticos."
¿Qué restricciones impone el concordato a los representantes de la Iglesia católica? Todavía las desconozco en concreto, pero cabe suponer que el mismo hecho de firmar un contrato puede ser leído en una doble clave: se acepta que una determinada asociación es un interlocutor válido (a través de una instancia internacional que complica la comprensión jurídica del asunto) pero al mismo tiempo se controla la acción de esta asociación. Lo que es preciso aclarar son los límites de este control, las obligaciones que impone, no tanto al Estado, como a las asociación religiosa en concreto.
Como que no he encontrado (aún) los indicios de este control estatal, más allá del control obvio que supone un contrato, me centro en una de las prerrogativas concedidas. Se trata del artículo XIV del tratado que regula la cuestión educativa:
"Salvaguardando los principios de libertad religiosa y de expresión, el Estado velará para que sean respetados en sus medios de comunicación social los sentimientos de los católicos y establecerá los correspondientes acuerdos sobre estas materias con la Conferencia Episcopal Española."
"Los sentimientos de los católicos". Las suspicacias católicas que merecen un respeto especial por parte del Estado. ¿Se puede basar un contrato en la fina piel de uno de los contratantes? ¿A qué obliga esto? ¿A que no pueda salir un cómico en la televisión pública riéndose del Cristo del Gran Poder? ¿Cuánto pesa una ofensa?
Eagleton y Fish sobre Dawkins
Lo cierto es que en la prosa de Dawkins encontramos un tono mesiánico y utópico (en el sentido que le da John Gray al término) bastante inquietante. Es el gesto del intolerante que propone someter la democracia a la ciencia. Quien más quien menos, todos preferimos que algunas decisiones gubernamentales se tomen atendiendo a valoraciones lo más objetivas posibles y que no se dejen en manos de los prejuicios ideológicos de los gestores de la cosa pública. Pero la ciencia también puede ser ciega y eso lo debería saber bien Dawkins, que es liberal y que, por tanto, lo que debe querer es que se respeten sus derechos y querer eso, ya se sabe, implica querer que se respeten los de los otros aun cuando estos los usen de maneras absurdas.
Mientras tanto, bienvenido sea el debate, aunque sea como en este desafortunado caso, utilizando las armas de los peores enemigos.
PS: Esto a propósito de algo que dijo Eagleton el lunes pasado en su entretenida (y demasiado chistosa) conferencia en el CCCB sobre sus amigos ateos, a saber, que visto el cristianismo existente en la actualidad no tenían otra alternativa que hacerse ateos. Lo que defiende la jerarquía eclesiástica es según Eagleton, marxista y cristiano sui generis, un caricatura de la fe. Lo mínimo que habría que exigirles a los científicos que se dedican a la honesta faena de negar a Dios es que supieran esto y no se comportaran como adolescentes que un día de repente se despiertan habiendo descubierto el Mediterráneo.
lunes, 4 de febrero de 2008
Derecho a intervenir
Las reacciones que ha suscitado la carta de recomendaciones obispales han sido de crítica, lo cual también está bien, pues sólo faltaría que alguien exigiera no sólo su derecho a decir lo que piensa, sino también a que no se lo critique por hacerlo. Así que, como decía Rodríguez Ibarra el otro día, ahora los obispos tienen que apechugar, pues ya se sabe que el uso de la libertad lleva aparejada la asunción de las consecuencias de los propios actos.
De todos modos, este debate actual tendría algo de bueno si sirivera para calibrar qué organizaciones pueden recibir fuinanciación del Estado y a qué las compromete esta financiación. También se plantea la cuestión de las dobles fidelidades, a Roma y a España, en este caso. Y digo que tendría, porque lamentablemente la democracia española no está para debates, sino para luchas, democráticas, cierto, pero luchas a fin de cuentas, ya sea por los votos, ya sea para excluir a los adversarios, ya sea por defender intereses creados o por crear.
Está claro que todo habría sido muy distinto sin el añadido a propósito del diálogo con los terroristas. Ahí hay una toma de partido (político). Pero también la hubo cuando el Vaticano se opuso a la guerra de Irak. En todo caso, lo que queda claro es que la Iglesia vuelve a ser un interlocutor social, y de eso sacan tanto partido los creyentes como los increyentes, que, como casi todo el mundo en este país, sólo se conforman cuando ven ratificados sus prejuicios.
Ya lo decía John Stuart Mill: "En la época presente [...] los hombres se sienten seguros no tanto de la verdad de sus opiniones como de que no sabrían lo que hacer sin ellas."
viernes, 1 de febrero de 2008
El orden altera el producto
Una observación y dos codas:
Observación: ¿Por qué dejan para el final lo más importante? (*) Este es el pensamiento social de la Iglesia Católica Española: los pobres los últimos. Parece, en realidad, una viñeta de Quino.
Coda a) La consabida referencia a la "recta razón" para guiar la moral. No se trata de una cuestión filosófica, sino estratégica. Surge la sospecha de que dicen razón porque es lo que los tiempos demandan, igual que reclamamos tolerancia cuando ya no tenemos poder.
Coda b) "No es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna". Yo lo dejaría en que no es justo tratar de construir una sociedad, pues la sociedad se construye a sí misma.
Pero más allá de lo que a uno le pueda gustar o no de lo que dicen, la pregunta que aún nadie sabe muy bien cómo contestar sin hacerlo ratificándose en los propios prejuicios es si los obispos organizados pueden intervenir en una campaña electoral. Tal vez en lugar de intentar responder esta pregunta (que en la Constitución creo que ya está muy clara, esto es, sí que pueden participar, a diferencia de los militares), haya que dirigir la atención a noticias como esta que parece tan escorada por los que son motivo de la noticia como por los que la notifican. Son muchos los que sostienen que la religión debe desaparecer de la vida pública, basta ver las diferentes encuestas de hoy en los periódicos on-line. Primero habría que aclararse acerca de lo que sea esa vida pública o espacio público, y si están pensando en las instituciones del Estado que las llamen así y entonces sabremos a qué atenernos en las discusiones, pero que quede claro que en el espacio público se expresará quien así lo desee y, sobre todo, quien pueda pagar la propaganda, pues de eso se trata.
(*) No es hasta el punto décimo y último que se preocupan por los pobres y hambrientos, hasta ahí sólo hablan de moral pública y decencia.