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miércoles, 6 de febrero de 2008

Eagleton y Fish sobre Dawkins

Terry Eagleton y Stanley Fish escribieron en contra de los científicos ateos, en concreto, Richard Dawkins, que pretenden demostrar la improbabilidad de la idea de dios. Ambos coinciden en que Dawkins no sabe de lo que habla. Eagleton sostiene que el dios de Dawkins es de paja, el dios de los fundamentalistas retrógrados y que para este viaje necesita otras alforjas, las de la teología y no sólo las de la ciencia. Pero le reconoce, en el último párrafo, que su empresa tiene valor en tanto que se opone al relativismo de los bienpensantes que respetan las opiniones sean estas cuales sean. Fish deconstruye la estrategia de Dawkins, señalando que las razones o la razón no están de parte más de quien las usa, y que tan racional es creer en dios como en la ciencia, pues en ambos casos de trata de creencias con racionalidades inherentes y por tanto inconmensurables.
Lo cierto es que en la prosa de Dawkins encontramos un tono mesiánico y utópico (en el sentido que le da John Gray al término) bastante inquietante. Es el gesto del intolerante que propone someter la democracia a la ciencia. Quien más quien menos, todos preferimos que algunas decisiones gubernamentales se tomen atendiendo a valoraciones lo más objetivas posibles y que no se dejen en manos de los prejuicios ideológicos de los gestores de la cosa pública. Pero la ciencia también puede ser ciega y eso lo debería saber bien Dawkins, que es liberal y que, por tanto, lo que debe querer es que se respeten sus derechos y querer eso, ya se sabe, implica querer que se respeten los de los otros aun cuando estos los usen de maneras absurdas.
Mientras tanto, bienvenido sea el debate, aunque sea como en este desafortunado caso, utilizando las armas de los peores enemigos.

PS: Esto a propósito de algo que dijo Eagleton el lunes pasado en su entretenida (y demasiado chistosa) conferencia en el CCCB sobre sus amigos ateos, a saber, que visto el cristianismo existente en la actualidad no tenían otra alternativa que hacerse ateos. Lo que defiende la jerarquía eclesiástica es según Eagleton, marxista y cristiano sui generis, un caricatura de la fe. Lo mínimo que habría que exigirles a los científicos que se dedican a la honesta faena de negar a Dios es que supieran esto y no se comportaran como adolescentes que un día de repente se despiertan habiendo descubierto el Mediterráneo.

jueves, 10 de enero de 2008

¿Política científica?

El amigo X. M. me envía esto. Comentarlo como si lo entendiera perfectamente sería, por mi parte, una temeridad aparte de una demostración de deshonestidad intelectual grave. Sí puedo manifestar, sin embargo, la perplejidad que provoca su lectura.

A grandes rasgos, lo que señala Cronin es que la desigualdad en la distribución de hombres y mujeres en los altos cargos se debe a que hay un mayor porcentaje de hombres que poseen las capacidades (talentos, gustos, temperamentos) más propicios para desempeñar las tareas mejor retribuidas y de mayor prestigio, ya sea industrial o académico. La autora atribuye esta diferencia a datos contrastados científicamente: empíricos, biológicos y estadísticos.

Otros de los resultados a los que ha llegado es que la media de las capacidades de hombres y mujeres es casi la misma, pero que mientras las mujeres se hallan, por lo general, alrededor de la media, los hombres destacan ya sea por arriba o por abajo.

Dado que la ciencia merece un crédito que no tiene el arzobispo de Bilbao, por ejemplo, hay que plantearse en qué medida las políticas de género deberían adecuarse a estos descubrimientos. Eso es lo que nos propone Cronin. Al contemplar políticamente la distribución desigual de hombres y mujeres en los puestos de mayor responsabilidad, sin tomar en consideración los descubrimientos estadísticos basados en pruebas empíricas, se concluye que la causa de esta desigualdad puede ser corregida mediante las acciones legislativas por todos conocidas. Es apresurado y poco riguroso pretender sacar conclusiones políticas a partirde las investigaciones de Cronin, ya que fácilmente se podría caer en el conformismo ante determinaciones biológicas tan ineluctables como la fuerza de la gravedad. Ineluctable, a saber, como dice el DRAE: una cosa contra la que no puede lucharse.

Lo relevante del texto de Cronin es que sus conclusiones son normativas, aun cuando no lo quiera. Está claro, pues, que la ciencia se inmiscuye en lo político. Lo que en cambio no parece estarlo tanto, y eso es lo que reclama Cronin, es si no competería en ocasiones a los políticos tomar sus decisiones a la vista de los resultados científicos más recientes. A fin de cuentas, la posibilidad de equivocarse es la misma. Pero en este caso no se haría siguiendo un esquema predeterminado de propuestas ideológicas, sino apoyándose en datos sobre la naturaleza humana. La ventaja es que en este segundo caso, siempre se puede culpar a los técnicos, a no ser, lo cual ya no es en ningún modo deseable, que sean éstos los que acaben tomando las decisiones.

miércoles, 2 de enero de 2008

Ciencia, milagros e ignorancia

The truth is that the scientific way of looking at a fact is not the way to look at it as a miracle.”

En su Conferencia sobre ética, Wittgenstein propone esta división entre dos reinos: el de la religión y el de la ciencia. Tan pronto como miramos un acontecimiento del mundo con la mirada del científico, dejamos de verlo religiosamente. Por ello, la ciencia no puede probar que no hay milagros.

Esta afirmación reduce al absurdo los procesos de beatificación vaticanos, en los que se trata justamente de demostrar que el estado actual de las investigaciones médicas no puede explicar la curación de una enfermedad, de lo que se sigue (en un salto mortal con los ojos vendados y sin red) que ha habido intervención divina. Este fue el caso del Dr. Nevado que, según la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos, padecía de una “cancerización de radiodermitis crónica grave en su 3º estadio, en fase de irreversibilidad”, esto es, un cáncer incurable que debía conducirlo a la muerte. En esta situación, un amigo del Dr. Nevado lo encomendó a José María Escrivá de Balaguer, fundador de la Obra, dándose una curación que la Consulta Médica mencionada calificó de “muy rápida, completa y duradera, científicamente inexplicable”. Conclusión: se había producido un milagro, con lo que el proceso de beatificación o santificación del otrora Marqués de Peralta se dio por certificada.

Pero los recientes estudios de neurólogos, psicólogos y médicos logran explicar lo hasta ahora inexplicable a partir del concepto de placebo. Al parecer una de las enfermedades que han resultado susceptibles de ser tratadas con placebos es el parkinson, que es la enfermedad de la monja Marie-Simon Pierre cuya curación se presenta como prueba en el proceso de santificación de Karol Wojtila. Lo que algunos expertos médicos están demostrando es que, de igual manera que suministrar placebos puede contribuir de manera efectiva a la curación de enfermedades como el parkinson, también la oración puede activar el cerebro de manera que segregue las sustancias que aceleran la curación.

Conclusión: a medida que avance la ciencia, más dificultades deberían encontrar los miembros de la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos para canonizar, beatificar o santificar a los eventuales candidatos. Con lo que la ciencia influye aun sin pretenderlo en los milagros, ya que cada vez les deja menos espacio vital, a medida que avanza en su capacidad explicativa.

“El modo en que la ciencia ve el mundo excluye a los milagros”: lo que significa que lo que no puede explicar la ciencia, desde el punto de vista científico, es inexplicable, pero de ahí a inferir que ha habido intervención divina, hay un salto que sólo pueden hacer los miembros de la citada “consulta médica”.

Podríamos concluir de todo esto que los milagros existen dependiendo del punto de vista que se adopte, lo cual es bastante frívolo. Parece más ajustado decir, en cambio, que la oración, como placebo, puede resultar sanadora, con lo que tendríamos un motivo científico, ahora sí, para defender, en términos utilitaristas, que los fieles se encomienden a su dios, exista o no, siempre y cuando se los mantenga en la ignorancia del efecto placebo que están provocando y al que están sometidos. Por ello, los científicos que estudian el efecto placebo prefieren mantener sus resultados ocultos a la mirada pública: el secreto y la ignorancia, junto con la esperanza y la fe, son, en este caso, las fuentes de la curación.

Bienaventurados, pues, los pobres de espíritu.