miércoles, 6 de febrero de 2008
Eagleton y Fish sobre Dawkins
Lo cierto es que en la prosa de Dawkins encontramos un tono mesiánico y utópico (en el sentido que le da John Gray al término) bastante inquietante. Es el gesto del intolerante que propone someter la democracia a la ciencia. Quien más quien menos, todos preferimos que algunas decisiones gubernamentales se tomen atendiendo a valoraciones lo más objetivas posibles y que no se dejen en manos de los prejuicios ideológicos de los gestores de la cosa pública. Pero la ciencia también puede ser ciega y eso lo debería saber bien Dawkins, que es liberal y que, por tanto, lo que debe querer es que se respeten sus derechos y querer eso, ya se sabe, implica querer que se respeten los de los otros aun cuando estos los usen de maneras absurdas.
Mientras tanto, bienvenido sea el debate, aunque sea como en este desafortunado caso, utilizando las armas de los peores enemigos.
PS: Esto a propósito de algo que dijo Eagleton el lunes pasado en su entretenida (y demasiado chistosa) conferencia en el CCCB sobre sus amigos ateos, a saber, que visto el cristianismo existente en la actualidad no tenían otra alternativa que hacerse ateos. Lo que defiende la jerarquía eclesiástica es según Eagleton, marxista y cristiano sui generis, un caricatura de la fe. Lo mínimo que habría que exigirles a los científicos que se dedican a la honesta faena de negar a Dios es que supieran esto y no se comportaran como adolescentes que un día de repente se despiertan habiendo descubierto el Mediterráneo.
jueves, 10 de enero de 2008
¿Política científica?
miércoles, 2 de enero de 2008
Ciencia, milagros e ignorancia
En su Conferencia sobre ética, Wittgenstein propone esta división entre dos reinos: el de la religión y el de la ciencia. Tan pronto como miramos un acontecimiento del mundo con la mirada del científico, dejamos de verlo religiosamente. Por ello, la ciencia no puede probar que no hay milagros.
Esta afirmación reduce al absurdo los procesos de beatificación vaticanos, en los que se trata justamente de demostrar que el estado actual de las investigaciones médicas no puede explicar la curación de una enfermedad, de lo que se sigue (en un salto mortal con los ojos vendados y sin red) que ha habido intervención divina. Este fue el caso del Dr. Nevado que, según
Pero los recientes estudios de neurólogos, psicólogos y médicos logran explicar lo hasta ahora inexplicable a partir del concepto de placebo. Al parecer una de las enfermedades que han resultado susceptibles de ser tratadas con placebos es el parkinson, que es la enfermedad de la monja Marie-Simon Pierre cuya curación se presenta como prueba en el proceso de santificación de Karol Wojtila. Lo que algunos expertos médicos están demostrando es que, de igual manera que suministrar placebos puede contribuir de manera efectiva a la curación de enfermedades como el parkinson, también la oración puede activar el cerebro de manera que segregue las sustancias que aceleran la curación.
Conclusión: a medida que avance la ciencia, más dificultades deberían encontrar los miembros de
“El modo en que la ciencia ve el mundo excluye a los milagros”: lo que significa que lo que no puede explicar la ciencia, desde el punto de vista científico, es inexplicable, pero de ahí a inferir que ha habido intervención divina, hay un salto que sólo pueden hacer los miembros de la citada “consulta médica”.
Podríamos concluir de todo esto que los milagros existen dependiendo del punto de vista que se adopte, lo cual es bastante frívolo. Parece más ajustado decir, en cambio, que la oración, como placebo, puede resultar sanadora, con lo que tendríamos un motivo científico, ahora sí, para defender, en términos utilitaristas, que los fieles se encomienden a su dios, exista o no, siempre y cuando se los mantenga en la ignorancia del efecto placebo que están provocando y al que están sometidos. Por ello, los científicos que estudian el efecto placebo prefieren mantener sus resultados ocultos a la mirada pública: el secreto y la ignorancia, junto con la esperanza y la fe, son, en este caso, las fuentes de la curación.
Bienaventurados, pues, los pobres de espíritu.